Dinosaurios
Author

(Mehling, 2016, pp. 8-11)

Introducción

La historia de la vida en la Tierra es un tema infinitamente fascinante. Nos aporta información sobre nuestros orígenes y sobre nuestro lugar dentro del enorme universo de la Vida. Nuestra perspectiva biológica adquiere nuevos matices con cada nuevo descubrimiento o reinterpretación. Nos vemos empequeñecidos por los primeros períodos de tiempo y la infinita diversidad generada por la evolución.

Reconstruir la historia biológica de nuestro planeta implica convertirse en un detective. Aparte de los datos genéricos almacenados en cada uno de los organismos existentes, los fósiles son los restos que nos quedan de la historia de especies que desaparecieron hace mucho tiempo. Por lo tanto, son el punto de partida para nuestras elucubraciones y reproducciones sobre la apariencia de los albores del tiempo. Conviene recordar que ni siquiera los fósiles mejor conservados nos aportan todos los datos. Por ejemplo, un insecto encerrado de forma hermética en ámbar no conserva la variedad de comportamientos que manifestaba el animal cuando estaba vivo. Y la inmensa mayoría de los fósiles ni se acercan a la «perfección» física de un insecto encerrado en resina de árbol fosilizada. Además, únicamente disponemos de una muestra infinitamente pequeña de los incontables organismos que habitaron este planeta durante casi 4.000 millones de años.

A medida que se van descubriendo más fósiles en mejor estado de conservación, nuestro conocimiento de la historia se va completando fragmento a fragmento. Esto se cumple de manera especial en el caso de los dinosaurios. Eran vertebrados terrestres y aéreos, menos propensos a conservarse como fósiles que, por ejemplo, una enorme comunidad de invertebrados viviendo en un arrecife situado en aguas poco profundas. La mayor parte de los dinosaurios, durante su tránsito hasta convertirse en los fósiles que posteriormente hemos examinado, sirvieron como fuente de alimento para los animales carroñeros y sufrieron las inclemencias del tiempo antes de quedar enterrados, dejándonos fragmentos esperanzadores, al mismo tiempo que frustrantes. Esto se cumple para muchos de los animales terrestres descritos en este libro.

A medida que lea este libro, percibirá un uso repetitivo de términos como «probablemente», «posiblemente» o «quizás». Dicho uso es tanto intencionado como crítico. Siempre que los paleontólogos intentan reconstruir organismos a partir de restos fragmentarios se debe tener una enorme precaución. A menudo hay muy pocas cosas que se puedan afirmar con total certeza, en especial en los aspectos relativos a su comportamiento. Sólo hay que tener en cuenta todo lo que nos falta por conocer sobre los organismos que viven en el mundo que conocemos, incluyéndonos a nosotros mismos, para darnos cuenta de la espesa niebla que rodea a aquellos otros de los que únicamente conocemos sus fósiles. ¿Acaso podríamos llegar a la conclusión mediante el estudio de un esqueleto fosilizado de que ese animal, cuando estaba vivo, absorbía pasivamente el agua de la arena húmeda a través de sus patas delanteras y que ésta llegaba hasta los bordes laterales de su boca debido al efecto capilar conseguido gracias a los huecos existentes entre sus escamas? En la actualidad existe un animal con esta capacidad (el demonio espinoso australiano actual, Moloch horridus). Si las serpientes fueran un grupo extinto, y únicamente se conocieran sus restos fósiles, ¿podríamos pensar que fueran capaces de atrapar murciélagos en pleno vuelo en cuevas totalmente oscuras, tal y como hace una especie originaria de Cuba? ¿Cómo podríamos imaginar que un animal prehistórico podría romper intencionadamente los huesos de los dedos de sus propios pies de forma que atravesaran la piel creando unas «garras», tal y como hace el Trichobatrachus robustus, comúnmente conocido como rana peluda?

Incluso los fósiles mejor conservados dejan un amplio espacio para la interpretación del aspecto y del comportamiento de los organismos que se extinguieron hace mucho tiempo, como estos ejemplares de Brachiosaurus.

El significado de los nombres

También puede observar que la etimología de algunos géneros incluidos en este libro carece de certeza. Desde hace mucho tiempo, la utilización de términos griegos o latinos ha sido una práctica habitual a la hora de dar nombre a los organismos. Los eruditos de antaño poseían unos buenos conocimientos de estos idiomas, y podían asumir con seguridad que sus lectores comprenderían de forma precisa su significado: el Dilophosaurus (lagarto de doble cresta) era un dinosaurio que poseía dos crestas en su cráneo, mientras que el Gracilisuchus (cocodrilo esbelto) era, de hecho, un esbelto cocodrilo. Sin embargo, otros nombres fueron compuestos utilizando mecanismos que hacen que no resulte inmediatamente obvio efectuando la traducción directa de sus componentes. La traducción literal del nombre del Hypsilophodon es «diente con cresta alta», pero si se efectúa un análisis más profundo del nombre de este dinosaurio, se comprueba que su significado real pretendía ser «diente de Hypsilophus». Mientras que el Hypsilophus, un lagarto actual, porta una alta cresta de espinas escamosas sobre su lomo, el Hypsilophodon realmente recibió su nombre (de forma menos evidente) debido a la semejanza de sus dientes con los del animal anteriormente mencionado. Y también existen ejemplos como el Emausaurus, cuyo nombre significa «Lagarto de EMAU», en referencia a la Ernst-Moritz-Arndt-Universität (Universidad Ernst-Moritz-Arndt) de Greifswald (Alemania), cercana al lugar donde fueron descubiertos sus restos (en este caso, un profundo conocimiento del latín y del griego no sería de gran ayuda a la hora de descubrir el origen de su nombre). En el caso de algunos géneros que recibieron su nombre hace mucho tiempo, así como para aquellos en los que no existe etimología, nos hemos esforzado al máximo para interpretar el posible propósito de los nombres. Afortunadamente, las reglas que existen en la actualidad para nombrar a las nuevas especies que se descubren, exigen una explicación del nombre otorgado.

Existe una gran avidez de información sobre los animales prehistóricos y, por miles de complejas razones, sobre los dinosaurios en particular. Y, debido a motivos igualmente complejos, el significado del término «dinosaurio» a menudo se ve distorcionado por el gran público y adquiere la connotación de «cualquier animal de gran tamaño que se haya extinguido hace mucho tiempo y que se conozca a partir de restos fósiles». Sin embargo, los científicos tratan de precisar más sus definiciones. Para ellos, este grupo comparte características más concretas, únicas y significativas desde el punto de vista evolutivo que su tamaño, extinción o conservación, sobre todo teniendo en cuenta que en la actualidad se reconocen como dinosaurios a pequeños animales que conviven con nosotros en este planeta (las aves modernas). Una vez dicho todo esto, se puede comprender que el término «dinosaurio» es sorprendentemente difícil de definir.

La definición del término «dinosaurio»

En la actualidad, las dos definiciones más ampliamente aceptadas del término dinosaurio son: a) «todos los descendientes del antepasado común más reciente del Triceratops y las aves modernas» y b) «todos los descendientes del antepasado común más reciente del Megalosaurus y el Iguanodon» (refiriéndose ésta última a los dos primeros dinosaurios no aviares que fueron descritos científicamente). Ambas definiciones engloban a un determinado grupo de animales. ¿pero cuál es su significado real? Es evidente que una persona común no es capaz de, echando simplemente un vistazo a un organismo, determinar que se trata de un descendiente del antepasado común más reciente del Triceratops y de las aves, o del Megalosaurus y el Iguanodon.

Si consideramos que las especies indicadas anteriormente definen al grupo de los dinosaurios, entonces éstas comparten todos los rasgos evidentes en todos los miembros del grupo. Entre éstos se incluyen aspectos de sus húmeros, ilios, tibias y astrágalos, así como una postura erguida, apoyándose sobre sus patas traseras, lo que podría parecer en primera instancia un conjunto de criterios extraños y triviales para definir a un grupo tan carismático. Quizás sean características extrañas y triviales, pero la consistencia de las mismas en todo el grupo es esencial para poder formular una definición sólida. Sin embargo, dado que nunca se puede esperar obtener toda la información a partir de los fósiles, estamos predestinados a descubrir continuamente fósiles de organismos que pueden presentar algunas de las características, pero no todas, de las que tienen la consideración de cruciales para definir un grupo de organismos. Esto se cumple de manera especialmente cierta en el caso de los fósiles de organismos situados en las cercanías del origen de una gran radiación evolutiva de organismos, como es el caso de los dinosaurios. Esta es la razón por la que se han promovido las definiciones que incluyen dos taxones de clasificación (de esta forma no se deja espacio para la duda, los nuevos organismos simplemente pueden o no pueden incluirse en ellos).

Avanzando hacia el pasado

Todo lo comentado anteriormente se cumple para cualquier grupo de organismos situados en cualquier posición dentro de la jerarquía de las distintas categorías de los organismos. Los dinosaurios son un grupo que puede servir de ejemplo para comenzar a enseñar estos temas, ya que se ven rodeados de multitud de concepciones mitológicas de reciente aparición (son del agrado del gran público, aunque la comprensión sobre ellos en ocasiones no es la deseada). Las inquietudes expresadas en esta introducción son las mismas que existen en todas las áreas de la paleontología, y deberían tenerse en cuenta a la hora de leer las descripciones de los otros animales distintos de los dinosaurios incluidos en este libro, cuya intención es servir como trampolín hacia otras áreas de la paleontología ajenas a aquellas relacionadas con los dinosaurios. Y, como incentivo, conviene destacar que alrededor del 83% de los fósiles descubiertos en nuestro planeta no pertenecen a dinosaurios.

Hasta hace relativamente poco, las aves no se consideraban miembros de este grupo y, por lo tanto, se podía hablar sobre distintos temas: la extinción total de los dinosaurios que tuvo lugar a finales del período Cretácico, el hecho de que los seres humanos nunca convivieron con los dinosaurios y la idea de los dinosaurios no volaban. Pero en la actualidad se considera sobradamente probado que que las aves son un linaje de los dinosaurios. Esta necesidad de volver a examinar y definir debería aplicarse a todas las áreas de la paleontología y, por añadidura, a toda la ciencia. Por lo tanto, todos los lectores de este libro o de cualquier otra obra sobre paleontología deberían tener en mente esta advertencia imprescindible: los conceptos que aquí se recogen pueden sufrir tantos cambios a lo largo del tiempo como los organismos descritos. Nuestras ideas evolucionan para adaptarse al entorno formado por las pruebas que vamos atesorando, al igual que los propios organismos evolucionan para adaptarse a los cambios perennes de su entorno. (Mehling, 2016, pp. 8-11)